lunes, 24 de noviembre de 2008

Dos

Dos manos, dos muñecas, dos pulmones,
dos piernas, dos orejas, dos rodillas,
dos labios que a propósito acuchillas
dejando al descubierto mil pasiones

Dos hombros, dos meñiques, dos riñones,
dos puños, dos talones, dos mejillas,
dos ojos que se mueren cuando brillas
de oscuro sol y negros nubarrones

Dos mañanas de cielo amanecido,
dos sendas que malvivo sin perdones
que duelen y me dejan malherido

No me importa morir de imperfecciones
si es que en vez de tenerlo dividido
pudiera, Dios, tener dos corazones

Hay caminos que se escogen sin querer, sin pensar o sin imaginar siquiera. Caminos que no buscas pero que llegan a ti como si te buscaran, aunque en el fondo sepas que son algo fortuito, cuestión de coincidencias. No sé si se pueden andar dos caminos a la vez. Dos caminos a seguir, un solo corazón para compartir y un solo corazón con el que caer con las piedras del camino. De dos caminos.

Ilia descubrió en mi a alguien que la sorprendía. Sin embargo era ella para mi alguien sorprendente. Disfrutaba viéndola reir con mis tonterías escritas. Disfrutaba intercambiando fotos, historias, chocolatinas y sentimientos. Sentía una verdadera necesidad de ella. Y creo que era ella la que me hacía brillar en ciertos aspectos. Como un cristal reflejando la luz. Pero durante todo el tiempo tuvimos presente que era algo que no podía llegar más allá de cierto punto. Un punto que estaba por definir, pero ambos sabíamos que existía. Que queríamos que existiera. Un día respiré su cuello, casi rozándolo con los labios.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Morir de verte

No puedo respirar, aire no llega
al centro de mi alma, a mis pulmones,
se ahoga el corazón sin condiciones,
se anuda mi valor, mi voz se ciega

Me inunda la pasión y roja anega
el último rincón de mis rincones,
no atiende mi razón a mis razones
ni entiende la razón que el cuerpo alega

Ya paran, no redoblan ya tambores,
mi aliento se hace aire y quedo inerte
descansa pues mi vista a tus colores

Quisiera no morir tras esta muerte
si tengo que elegir, prefiero amores,
mas puestos a morir, morir de verte.


Por mucho que lo intento una y otra vez, todos los días lo mismo. Tristeza y más tristeza. Amargura y amargura. Y nervios cada vez que noto que se acerca. Y alegría cuando tengo la ocasión de verla. O escucharla reir. Y más tristeza. Y amargura por su indiferencia. Y volver a verla. Y dolor de estómago. Y tristeza.

Ilia me gustaba ya antes de empezar a conocerla. Pero era una de esas cosas que uno piensa sin pensar, sin apenas tenerlas en cuenta. Hablar y hablar con ella me permitió descubrir a alguien realmente inteligente, con gran capacidad e interés por aprender y conocer cosas nuevas, de una ternura extrema, dura las menos veces y frágil algunas otras. Pero sobre todo, ella era feliz. O sabía serlo. Desbordaba de felicidad, de risas. Y me salpicaba con esa felicidad y esas risas. Yo sumaba esa felicidad a mi otras felicidades pequeñitas de mi vida real. Y era por esa felicidad por la que fui capaz de sentir cosas que no creía poder sentir, y fui capaz de expresarlas. Ella me escuchaba. Yo la escuchaba.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Como olas de un mar en retirada

Como olas de un mar en retirada
presiento que mi alma se marchita
si siento que tu voz ya no me invita
y asolas mi razón con tu mirada

Como al sol has negado la morada
mi aliento así se nubla y no palpita,
como un viento que oscuro me limita
controlas mi palabra enamorada

En tierra negra encierro mi esperanza
que negra tiñe al cielo su alborada,
destierra el corazón a la añoranza

Si insolas con tu luz mi alma cansada,
si arbolas mi razón, mi amor avanza
como olas de un mar en retirada.


De casualidad, como han ocurrido la mayor parte de las cosas importantes en mi vida, fui conociendo más personalmente a Ilia. Nunca hubiera pensado que se fijara en mi. Por ninguna razón. Pero por casualidad le hablé. Por casualidad me habló. Y hablamos mucho. No siempre directamente porque el trabajo no lo permitía, pero sí mediante cartas, que se convirtieron en largas conversaciones de palabras escritas, de pasiones, temores, de risas escritas, un día tras otro. Ella una vez lo definió como complicidad. Yo no sabía cómo definirlo. Era una amistad cada vez más intensa. Limpia. Blanca. Fresca. Para mí era como tener todo el aire del mundo para respirar. Verla a diario, hacer volar las cartas de un lado a otro llevando nuestras vidas a los ojos del otro, sentir su sonrisa. Sus ojos. Nunca había visto unos ojos tan intensos, tan expresivos, tan profundos.