Hoy ha sido más tranquilo. Desde hace alrededor de un año, los días no suelen ser tranquilos. Las noches tampoco. Pero cuando son, los respiro como si fueran aire, los bebo casi. Como agua fresca. Pasan sobre mí. Pasan los segundos, los minutos, y los voy respirando despacio.
Si no fuera por estos días despejados, claros, sin nubes, no podría respirar. Por eso, cuando estoy inmerso en esta tormenta mía casi permanente, y consigo pensar en que vendrá un día de aires y aguas que me darán de beber y respirar, en esos casos, entonces, antes o después, se abre el día. Y vivo un poco más tranquilo. Hoy ha sido un día de esos.
Yo trabajaba en una oficina pequeñita, casi solo, hasta que decidieron unificar personal. Y dejé de estar solo. Más o menos. Porque suelo necesitar demasiado tiempo para integrarme en los grupos. Y pasa demasiado tiempo antes de que nadie me conozca. Al menos para que me conozcan como yo creo que soy.
Así que durante un año y medio fui el chico serio y callado que pasaba de un sitio a otro con sus papeles, sus carteles y sus silencios. El típico invisible que en las reuniones no habla aunque hable y no se le oye aunque escuche y que hace el comentario que nadie entiende. En fin, no me quejo, soy así. Para mí, es cuestión de tiempo.
Allí no todo el mundo me caía igual de bien. En general sí, pero siempre prefería pararme a comentar algo o a charlar un poco con unos más que otros, o con unas más que otras. De algún trabajo anterior nació uno de mis mejores amigos, que tampoco son tantos. Y de éste, de éste han nacido los días más soleados y las tormentas más oscuras.
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